Diario de la Expedición:
11 de septiembre
de 2005
La grandeza del Parque Nacional del Teide
Por la mañana siempre suena demasiado pronto el despertador. Debíamos levantarnos temprano para iniciar la primera de nuestras caminatas por un parque nacional,en esta ocasión el del Teide. Era el comienzo de las actividades fuera del recinto del Observatorio del Teide (Instituto de Astrofísica de Canarias), incluida en el programa de trabajo de la Expedición Shelios 2005 Ruta de las Estrellas.
Partimos en coche hasta el Centro de Visitantes del parque y allí nos esperaban dos guías-intérpretes, Pedro Sánchez y Carlos Velázquez, que nos acompañaron durante toda la visita para explicarnos con detalle los rasgos más significativos de este espacio protegidode 18.990 hectáreas, que se reparte porlos municipios de Guía de Isora, Icod de los Vinos, La Orotava y Santiago del Teide.
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Los guías-intérpretes Pedro Sánchez (izquierda) y Calos Velásquez (derecha), durante una de sus explicaciones en las Siete Cañadas. Foto: Miquel Serra-Ricart.
En el Centro de Visitantes recibimos una explicación sobre la formación, origen, fauna y flora del parque, a través de un personaje de la mitología guanche llamado Guayota, el demonio que habitaba en el interior de Echeyde (Teide) y que vomitaba fuego por su boca. Este parque no sólo destaca por lo singular de su paisaje volcánico sino también por albergar numerosos endemismos de animales y plantas. Por citar sólo algunos de los más conocidos, el tajinaste rojo (echium wildpretii), el tajinaste azul o picante (echium auberianum), la violeta del Teide (viola cheiranthifolia), el pinzón azul (fringilia teydea) o el muflón (ovis ammon). Primeros datos que apuntamos en nuestro cuaderno de ruta para emprender la subida hasta el mismísimo pico.
Llegamos al teleférico y una vez allí iniciamos la ascensión hasta alcanzar los 3.718 metros, la cota máxima del volcán y de toda España. Durante la subida sentimos lo mismo que debió notar Alexander Von Humboldt cuando en 1799 hizo su primero ascenso a la montaña: cierto agobio en el pecho y algo de cansancio debido a la menor concentración oxígeno por causa de la altura. Sin embargo, una vez coronado el pico el cansancio desapareció porque la sensación que se tiene desde él es un auténtico regalo para los sentidos y para el espíritu.
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En el punto más alto de España, a 3.718 metros. Primera de las visitas a los parques nacionales. Foto: Javier Cosme.
Hay varias cosas que llaman nuestra atención; por citar sólo dos: el intenso olor a azufre que se percibe durante toda la ascensión, producto la actividad volcánica que sigue existiendo, y el inmenso mar de nubes que se extiende bajo nuestros pies, originado por el choque de los vientos alisios cargados de humedad contra las paredes verticales de la isla, hasta los 1.500 metros de altitud.
Proseguimos nuestra marcha para llegar al mirador del Pico Viejo, un enorme cráter de más de ochocientos metros de diámetro. A partir de ahí iniciamos el descenso hacia las Siete Cañadas para tres horas después –ya por la tarde-, regresar hasta el Observatorio. Durante todo el trayecto nos resultaba emocionante imaginar cómo pudieron ser las primeras observaciones astronómicas, geológicas y meteorológicas que desde la montaña de Guajara y más tarde desde el refugio de Altavista hizo el astrónomo británico Charles Piazzi-Smith, en 1856.
Recreación en blanco y negro de los Roques de García con el Teide al fondo. Hace algunos años, esta era la imagen que circulaba por toda España gracias a su impresión en los billetes de mil pesetas. Foto: Denis Perdomo .
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Valle de tajinastes en unas de las Siete Cañadas, con los esqueletos de más de 600 de estas plantas que sólo florecen en los meses de abril y mayo. Foto: Miquel Serra-Ricart.
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