Diario de la Expedición:
21 de septiembre
de 2005
Ordesa y Monte Perdido: el territorio del rebeco
Hemos pasado la noche en Puyarruego, un pequeño municipio de la provincia de Huesca, situado en la entrada al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido por el Valle de Añisclo. Cerca del pueblo encontramos dos lugares que requieren una visita especial: la Ermita de San Urbez y la fuente de aguas medicinales, llamada Fuente de los Baños o de Puyarruego.
(Ayer fue el cumpleaños de Denis, el majorero de la expedición, y nos hubiera gustado celebrarlo, pero el cansancio encaminó nuestros pasos hacia las tiendas de campaña. Lo aplazamos temporalmente para celebrarlo junto con el de Raquel, una de las tres expedicionarias de Tenerife, el próximo 27 de septiembre).
El parque nacional de Ordesa y Monte Perdido con sus 15.608 hectáreas se constituye en unos de los primeros parques nacionales del mundo en 1918. Es una clara representación del entramado natural de la vertiente meridional del Pirineo central. Destaca en este conjunto de montañas, valles y gargantas, el monte Perdido que con sus 3.355 metros es la cima calcárea mayor de toda Europa. El monte Perdido conforma, junto al cilindro de Marboré y el Sum de Ramond o pico de Añisclo, el grupo de los tres Sorores. A los pies de este entramado montañoso se extienden cuatro valles: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. El origen de los valles y su característico perfil en “U” es debido a la acción erosiva del agua, el efecto de las glaciaciones del cuaternario y sobre todo, la existencia de un sustrato calizo.
Entre los efectos de las glaciaciones está la formación de morrenas (depósitos de piedras arrastrados por el hielo) y los ibones (lagos de alta montaña creados en cubetas excavadas por el glaciar). Uno de los ibones más conocidos es el de Marboré (3.000m), que se encuentra situado en una terraza que se convierte en un mirador natural: el Balcón de la Pineta
Iniciamos nuestra caminata en dirección a la llanura de La Larri (valle de Pineta) desde donde divisamos el glaciar del monte Perdido. La llanura de La Larri es una antigua hendidura glaciar cerrada por los elegantes picos Blanco (2.828 m), Tromacal (2.846 m) y Peña Blanca (2.905 m). Al final del valle está la gran cascada de la que surge el río Cinca.
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Todo el grupo delante de la entrada séptimo parque nacional. Foto: Juan Manuel Cedrés.
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Vista de los restos del glaciar del Monte Perdido desde la llanura de La Larri (Valle de Pineta). Foto: Miquel Serra.
El paisaje todavía no muestra los cambios de colores en los árboles de hoja caduca. Vemos todas las tonalidades de verdes, pero el otoño aún no ha teñido el bosque de ocres y rojizos. Se nos brinda la oportunidad de observar la fauna del parque nacional. Disfrutamos de la presencia de rebecos (R. rupicapra), marmotas y castores. Aunque ya no será posible encontrarse con el bucardo (Caprap. pyrenaica), subespecie de la cabra montés ibérica que desde el año 2000 se considera extinguida.
Unos chillidos nos hacen mirar al cielo. A lo lejos vemos unas aves que parecen quebrantahuesos (Gypaetus barbatus). Los únicos pájaros estenófogos del mundo, es decir, comedores casi exclusivamente de huesos, aunque no rechacen carroñas de pequeños animales. Su táctica para romper huesos grandes es elevarse a cierta altura y dejarlos caer sobre piedras para que se rompan y puedan obtener el alimento que albergan en su interior.
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Un espléndido grupo de rebecos (R. rupicapra). Foto: Miquel Serra.
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Panorámica de la llanura de La Larri (Valle de Pineta) . Foto: Federico Fernández.
A media tarde regresamos al campamento. El fuego, que nos dará calor durante la noche, avivará nuestra imaginación sobre leyendas de antiguos pobladores y visitantes de estas tierras. A lo mejor, si tenemos suerte, podremos ver a Roland blandiendo su espada Durandarte sobre la pared rocosa que formará “la Brecha de Roland”.
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