Diario de la Expedición:
Una marisma de arena El Parque Nacional de Doñana está entre las provincias de Huelva y Sevilla y tiene 115 mil hectáreas de las que 56 mil corresponden a la marisma, grandes encharcamientos de agua, de escasa profundidad, procedente de la lluvia. No sabemos con precisión cuántas de estas hectáreas marismeñas lo son ahora de verdad; como dicen los taurinos -que en estas tierras hay muchos-, lo son en puridad. Y la duda surge porque como hace tanto tiempo que no llueve en condiciones la gran mancha húmeda que forma la marisma está más que reseca. El dato: la media de lluvia caída es de 600 litros por metro cuadrado al año pero en lo que va de éste apenas se han recogido 120 litros. Nos lo dan Antonio y Abel, los dos guías que nos conducen por caminos imposibles a bordo de coches todoterreno que no paran de dar saltos.
Se avanza a través de la marisma y sólo hay arena polvorienta. Pero Doñana no sólo es marisma, aunque gracias a ella sea considerado el humedal más importante de Europa. En el parque se diferencian los territorios: dunas y corrales, cotos y marismas. Los primeros forman el paisaje que más llama la atencion al visitante. Impresiona ver cómo grandes montañas de arena se mueven a la nada despreciable distancia de diez metros por año. Las dunas son una de las caras de Doñana, desde Matalascañas hasta la desembocadura del río Guadalquivir, en la frontera con la provincia de Cádiz, pero no la única. Los cotos son suaves ondulaciones de arena estabilizada que se ven en el centro del parque.
La marisma es la que manda, no sólo en el propio Doñana sino también en sus contornos. Hemos estado en la Aldea de El Rocío, famosa en el mundo entero por la Romería de la Virgen del Rocío. Pues allí mismo, a las puertas del santuario que alberga la imagen de la Virgen, debería existir una amplia marisma. Lo cierto es que ahora no hay nada más que arena, arena y arena. Esta situación está trayendo graves consecuencias a los animales y plantas que habitan en el parque. A los animales, porque hace cambiar las costumbres de muchos de ellos, sobre todo de las aves migratorias, que escogen otros lugares húmedos de Europa para anidar y criar antes de regresar a tierras africanas cuando los fríos europeos arrecian. A las plantas, porque tal nivel de sequía -dicen que la mayor que se recuerda en los últimos ciento cincuenta años- está ocasionanado verdaderos destrozos en especies autóctonas y en otras introducidas.
Todo esto le sucede a un parque nacional que tiene sus raíces bien hundidas en la historia de España. Sus orígenes hay que buscarlos en 1262, cuando se incorporó a la Corona de Castilla tras conquistar a los árabes el Reino de Niebla el rey Alfonso X el Sabio. El monarca estableció en estas tierras un cazadero real. Sin entrar a desgranar el pasado de Doñana viene a cuento la explicación de que parece que el nombre se lo debe a Doña Ana Gómez de Mendoza y Silva, esposa del séptimo duque de Medina Sidonia e hija de la princesa de Éboli. Doña Ana se fue a vivir al palacio que su esposo le había construído allí, en 1589, junto a las marismas. Era el palacio de Doña Ana, el bosque de Doña Ana, el coto de Oñana... En una palabra: Doñana, un lugar privilegiado en el que viven ciervos, gamos, flamencos, águilas imperiales, milanos reales y linces, aunque de estos felinos sólo se cuentan unos 35 ejemplares en la actualidad.
Doñana es grande, hermoso, variado, amplio y ahora seco, pero sigue siendo la casa de muchas especies vegetales y animales que conforman un hábitat único. Doñana no se merece la racanería de agua que el cielo le da.
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