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Diario de la Expedición
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Crónica:

19 de agosto de 2007

Lima. Primeras impresiones.

En Lima los efectos del terremoto apenas son visibles. No obstante las noticias que nos llegan del sur de Perú nos hacen cambiar nuestros planes iniciales de visitar la reserva nacional de Paracas y las Islas Ballesta. El punto de partida era Pisco, pero como sentencia Germán con dramática sencillez: “Pisco ya no está”.
Los acontecimientos dominan las primeras impresiones que nos llevamos de la ciudad de Lima, pero no ocultan otras. La primera es que en este hemisferio es invierno y la capital peruana se caracteriza por su constante humedad. Una niebla gris procedente del Pacífico cubre la ciudad en esta época del año. Los lugareños la llaman “garúa”, nosotros la definiríamos como una “panza de burro” húmeda y bastante fría.
La segunda es su inmensidad. Lima es una urbe que alberga unos doce millones de personas. Un aluvión demográfico ha hecho que casi la mitad de la población del Perú se concentre en su capital. Esto se traduce en inacabables barrios de chabolas con graves deficiencias sanitarias que se alternan con zonas residenciales que nada tienen que envidiar a la vieja Europa.
Las únicas huellas de los temblores las encontramos en el yacimiento arqueológico de Pachacámac, un conjunto de palacios y templos del siglo segundo de nuestra era, previo al apogeo de la cultura Inca, situado a unos 30 kilómetros al sur de Lima. Paradójicamente el impresionante Templo del Sol que asoma al Pacífico está dedicado al dios huari de los temblores que es de quien toma el nombre el conjunto. “Tal era su poder que los sacerdotes que le servían no osaban mirar directamente su figura.” Esa figura era simplemente un tótem de madera tallada y no la soberbia escultura de oro macizo que los españoles esperaban encontrar allí cuando tomaron la ciudad en el siglo XVI, época en que los incas ya habían absorbido el culto en este conjunto de templos. Durante el imperio Inca la importancia de este lugar sagrado era tal que los peregrinos llegaban desde los lugares más lejanos para hacer sus ofrendas o enterrar a sus muertos. Es más, esta tradición se mantiene actualmente a juzgar por los granos de millo, arroz y lentejas que pudimos observar en los antiquísimos lugares de culto. Aún siendo cristianos en su inmensa mayoría, los peruanos tratan de aplacar la ira del dios de los terremotos.
Nuestro primer vistazo a Lima se completa con la visita al museo nacional de arqueología situado en una bonita casa colonial donde se alojaron los generales San Martín y Bolívar durante la Guerra de la independencia. De ahí tomó el nombre de Casona Quinta de los Libertadores. Gracias a esta visita descubrimos el riquísimo legado cultural de las civilizaciones previas al imperio Inca. La exquisita cerámica Moche, increíblemente conservada, con sus rostros retratados en vasijas; la estela de Raimondi, con el dios jaguar de los Chavines; el obeslico Tello, de la misma cultura que muestra un enorme cocodrilo representado junto a cóndores y pumas. Huánucos, Chancais, Chimús, Lambayeques, completan la lista de civilizaciones que precedieron a los Incas y que aun hoy siguen eclipsadas por la sombra del imperio que levantaron en esta parte del mundo.
La mejor manera de terminar la jornada es probar alguno de los productos típicos de Perú , que presume de ser la cuna del millo y de la papa. No en vano existen unas cuatro mil variedades distintas de papas, hoy las tomamos a la huancaína, esto es, rellenas de una crema de pimientos , huevos y queso fresco, con un toque de “ají”, el condimento peruano por excelencia, ideal para los que gusten de los sabores picantes. Para calmar el ardor del ají lo mejor es la chicha morada, resultante de la fermentación del millo del color que le da nombre. Es uno de los refrescos más populares en el país. ¡Salud!

ROBERTO GONZÁLEZ

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