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Diario de la Expedición
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20 de agosto de 2007

La vieja Lima: Tras las huellas de Pizarro.

Los peruanos son gente antigua. Sus modales exquisitos y su forma de expresarse, en un perfecto castellano, nos transportan a tiempos en los que la palabra “señor” precedía a cualquier nombre, el usted se imponía sobre el tú, y las mantas se llamaban frazadas y las neveras, refrigeradoras. El castellano antiguo viste al peruano, amable, cortés, atento…
Gente antigua y tenaz. Sólo así se explica que hayan vuelto a levantar la ciudad sobre sus escombros, una y otra vez, después de que temblara la tierra. A la tenacidad se unió el ingenio para crear sistemas de construcción que resistieran a los terremotos. Hoy hemos visto un ejemplo en la catedral de Lima, levantada en su totalidad sobre un armazón de madera cubierta de yeso. La flexibilidad de esta estructura absorbe las sacudidas de los seísmos e impide que se colapse, pero la convierte en una presa fácil para el fuego. Por eso la catedral de Lima es el único templo cristiano del país donde no arde ni una sola vela.
La catedral se alza en medio de la Plaza de Armas, justo allí fundó Pizarro la ciudad en 1535, allí estableció el centro de su dominio sobre todas las tierras peruanas conquistadas y allí fue asesinado con saña por sus enemigos, los partidarios de Diego de Almagro. Detectamos sentimientos encontrados respecto a Francisco Pizarro. Por un lado es el fundador de la capital y el principal hacedor del poderoso virreinato del Perú. Por otro, es el invasor, el guerrero que acabó con el dominio del imperio Inca. Sobre él recaen alabanzas y reproches casi en la misma medida. Pero el conquistador español, no era probablemente más que un hijo de su tiempo, a quien no nos corresponde juzgar con los valores de esta época. Sus restos ocupan hoy un lugar destacado en una de las capillas de la catedral, decorada con más de tres millones de pequeñas piezas de mosaico que llenan de solemnidad y colorido su mausoleo.
Dejamos una tumba ilustre y nos asomamos al anonimato de los más de 25.000 cuerpos enterrados hasta el siglo XIX en las catacumbas del convento de San Francisco. Sus paredes dibujan una siniestra composición de huesos humanos, dispuestos en ocasiones de forma geométrica. Nadie sabe con certeza hasta donde se extienden los túneles que horadan la vieja Lima, un laberinto en el que años atrás llegaron a perderse algunos visitantes demasiado curiosos. Nadie los volvió a ver jamás. Desde entonces varios muros permanecen tapiados mientras los ojos vacíos de las calaveras nos invitan a aprovechar cada momento presente.
Una de las joyas del convento es el artesonado de su cúpula mudéjar, realizado completamente en madera de cedro finamente tallada, la única parte del convento que queda del edificio original y la que mejor está resistiendo el desgaste de la humedad constante que invade todas las estancias. No se puede decir lo mismo de su fantástica biblioteca, donde los incunables están perdiendo claramente la batalla contra los elementos.
Al salir nos fijamos en la bandera peruana. En su escudo aparecen los elementos más identificativos del país. Un árbol de la quina, una vicuña, prima hermana de la llama, y un cuerno de la abundancia representando a las riquezas minerales. Se nos antoja injusto que un animal tan bello como el jaguar no tenga sitio entre los símbolos de los peruanos. Tan impresionados estamos, tras verlo de cerca en nuestro recorrido por el Parque de las Leyendas, que de buen grado, haríamos un hueco al que sin duda es el rey de la inmensa selva peruana.

ROBERTO GONZÁLEZ

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