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Diario de la Expedición
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Crónica:

21 de agosto de 2007

El Valle Sagrado.

Puede que algunos den un respingo cuando lean que hoy hemos tomado un mate de hojas de coca. Es cierto que esta planta ha alcanzado muy mala fama por culpa de uno de sus derivados , la cocaína, pero no es menos cierto que su cultivo forma parte de la cultura peruana desde tiempos ancestrales y que, bebida en infusión o masticada, no es más dañina que un café o un té. Le llaman mate a la infusión que se hace con un puñado de estas hojas y viene muy bien para combatir el mal de altura. Aquí lo conocen por soroche. Es un malestar general. Duele la cabeza, cuesta respirar, se sienten naúseas y cualquier movimiento requiere un gran esfuerzo físico. Por suerte son síntomas pasajeros que desparecen en cuanto el cuerpo se adapta a la altura. La verdad es que, en general, el soroche no nos ha afectado mucho teniendo en cuenta que hemos pasado de los 80 metros sobre el nivel del mar de Lima a los 3300 del aeropuerto de Cuzco.
Los peruanos le dicen Cusco y es una de la ciudades más bellas que nos hemos encontrado en nuestros viajes. Los antiguos Incas se referían a esta ciudad como el ombligo del mundo y tenían aquí su capital, el centro administrativo del Tahuantinsuyo. “Tahua” significa cuatro en quechua y “suyu”, punto cardinal. Este era pues el lugar de donde partían y a donde llegaban todos los caminos. Efectivamente, Cuzco era la Roma del imperio Inca y de haber tenido mar lo habría seguido siendo tras la llegada de los españoles.
Pero Cuzco tendrá que esperarnos aún una semana, nuestra próxima parada está en el valle sagrado de los Incas, un lugar con una enorme carga simbólica que guarda algunos de los tesoros arqueológicos más importantes de la humanidad. Por este valle, entre montañas que superan los 5000 metros, y fértiles llanuras donde se cultivan miles de clases de papas y de maíz, llegaremos a Chinchero y sus animados mercados, a la antiquísima urbe de Ollantaytambo y a la ciudad perdida de Machu Picchu. Este valle fue donde se fraguó el gran imperio Inca, donde Pachacutec derrotó a su padre Wiracocha y a su hermano Urco. Y desde aquí extendió su dominio sin que nadie pudiera oponerse a él ni a sus sucesores hasta la llegada de los españoles un siglo después.
En el valle sagrado se ha detenido el tiempo, sus gentes conservan las facciones de los primeros habitantes de la zona y parecen iluminarse con los intensos colores de sus ropas, confeccionadas con lana de alpaca. Los rojos ladrillos de adobe se secan en las cunetas, y sobre las casas que adquieren su mismo color vemos los toritos de Pucará. Una ofrenda a la Pacha Mama, la madre tierra, representada por dos bueyes de cerámica atados con una yunta, cuyo fin es preservar la vivienda y sus habitantes de las malas influencias.
La llegada a este valle nos ha regalado además, la visión de un cielo totalmente despejado y una atmósfera limpia que nada tiene que ver con la gris y húmeda “garúa” de Lima. Además estas condiciones nos permiten realizar las primeras observaciones del cielo austral. Al caer el sol vemos aparecer imponente la cruz de sur, una constelación de estrellas que sólo es visible desde este hemisferio. A su lado se observa con claridad otro conjunto de estrellas, la constelación de Alfa Centauro, la más cercana de la tierra a “sólo” cuatro años luz de nuestro planeta. Aunque en medio de la oscura noche cuzqueña casi nos parece rozarla con los dedos.

ROBERTO GONZÁLEZ.

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