Diario de la Expedición
Imágenes
Crónica:
24 de agosto
de 2007
Contrastes
Despertarse tiritando de frío en medio de la noche no es una sensación agradable. Es una reacción normal si estamos a tres o cuatro grados bajo cero y la humedad produce una sensación térmica de más frío aún. Puede que haya sacos de dormir que den calor a esas temperaturas, pero nosotros no los tenemos. Ante esto sólo hay dos opciones, seguir tiritando arrimado a tu compañero de tienda o darse por vencido y pasar el mismo frío observando las nubes de Magallanes, que solo se pueden ver en este hemisferio.
Una circunstancia desagradable da lugar a una maravillosa experiencia. Son contrastes que vivimos con más fuerza desde que comenzamos esta aventura.
El día comenzó a las cinco de la mañana, poco antes del amanecer. Un sacrificio necesario para poder cruzar los Andes por el paso de Epsaycocha a 4500 metros de altura, que nos llevaría hasta el valle de Urubamba dejando atrás el de Lares.
Otro contraste. Sentir los latidos del corazón en las sienes jadeando en cada bocanada de aire, que a partir de cierta altura nunca nos proporciona el oxígeno suficiente. Boquear como un pez es un precio razonable a cambio de observar rebaños de llamas, alpacas o vicuñas pastando libremente mientras los gansos salvajes tratan de quitarles protagonismo levantando el vuelo sobre la laguna de Epsaycocha . No todos resistimos. Por suerte hay caballos que pueden transportar a los compañeros afectados por el mal de altura (otra vez el soroche) y si no, siempre se puede mascar alguna que otra hoja de coca.
En este punto hay que alabar la fuerza y el coraje de los estudiantes que superaron el que sin duda es uno de los mayores retos de esta expedición. Alguno hubo que repasaba mentalmente las declinaciones del latín para tratar de distraer el sufrimiento aunque hay quien piensa que así solo se logra unir un padecimiento a otro. Tercer contraste. Quejarnos continuamente por el dolor de cabeza y el malestar de estómago, abrigados con nuestra ropa confeccionada con modernísimas fibras que nos protegen del frío y del viento, justo antes de hablar con Olga en un recodo del camino. Olga estaba hilando con un rudimentario telar que apoyaba en uno de sus pies. Como cada día había recorrido un largo camino con sus sandalias abiertas, y apenas abrigada con una chaqueta de lana de alpaca y una falda muy desgastada que llaman pollera. Olga sonreía y no parecía quejarse de nada. Su hija de pocos meses le dejaba las manos libres porque estaba sujeta a su espalda con la “lliclla”, una especie de mantón de vivos colores que utilizan para transportar alimentos, leña, abalorios o sus propios hijos. Olga tiene apenas trece años y es muy probable que vuelva a quedarse embarazada en breve, la media de esta región es de cinco hijos por familia cuando aún no se ha llegado a los 20 años de edad. Por el camino, mientras observamos sobre nuestras cabezas el impresionante nevado Verónica, nos preguntamos si Olga tendría motivos para quejarse.
Esta noche acampamos a más altitud que ayer, no hay duchas ni retretes y las temperaturas están bajando más aún. El viento sopla del Norte y probablemente nos despertemos tiritando de frío en medio de la noche. Pero seguimos pensando que vale la pena.
ROBERTO GONZÁLEZ.

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