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Diario de la Expedición
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Crónica:

25 de agosto de 2007

El misterio de Ollantaytambo

Nos hablamos de nuestras “heridas de guerra” después de tres días caminando por la sierra andina. La mayoría de las conversaciones tienen que ver con rozaduras y ampollas en los pies, pero alguna hay que trata de torceduras, problemas musculares, estomacales y sobre todo muchísima fatiga.
El último tramo de 17 kilómetros nos ha llevado prácticamente todo el día y nos ha traído al precioso pueblo de Ollantaytambo.
El camino, de nuevo escaso en turistas, nos permitió observar el estilo de vida de pueblos andinos como el de Huilloc, donde las mujeres tienen fama de buenas tejedoras, y donde aprendimos algo de política local. En muchas de las paredes de las casas se veían algunos dibujos tachados con una cruz. No son más que propaganda electoral que se mantiene indeleble a pesar de que las elecciones se celebraron varios meses atrás. Como hay mucha gente en esta zona del país que no sabe leer, los partidos políticos se representan con un dibujo que se tacha con una cruz para los electores hagan lo mismo en su papeleta de voto. Todo esto nos lo explicaba el recién elegido regidor (concejal) del partido Unidos por Perú, representado por una olla con los colores de la bandera peruana. Mientras tanto arreglaba la puerta de una de las casas del pueblo. Se ve que la dedicación exclusiva es un concepto que aún no se conoce en esta zona del mundo.
Dejamos atrás la crónica política para enfrentarnos a una última prueba de fuerza: el ascenso a la fortaleza de Pumamarca. Se trata más bien de una ciudad fortificada del periodo pre-inca que protegía unas “collcas” o almacenes de grano indispensables para la supervivencia de aquellas comunidades. En pleno ascenso a las ruinas nos da por pensar que los enemigos que asediaban la fortaleza temían más sus empinadas cuestas de acceso que a los propios defensores, por muy aguerridos que estos fueran. El descenso nos lleva por un camino inca hasta altísimas terrazas donde los incas cultivaban sus productos y que no tiene nada que envidiar a las que contemplamos hace unos días en Moray. El camino discurre junto a un precipicio de unos 300 metros de altura, en frente una enorme macizo rocoso más alto aún, parece proteger el curso de un río cargado de agua. Es difícil imaginar una postal más bonita pero es difícil plasmar tanta belleza en una fotografía.
El premio a esta agotadora jornada está en la fortaleza de Ollantaytambo, que descansa sobre unos enormes sillares de piedra. El misterio de este lugar ha consistido durante mucho tiempo en averiguar cómo se transportaron las pesadísimas piedras de varias toneladas desde la cantera más cercana a unos seis kilómetros de distancia. Hoy el misterio parece haberse resuelto pero la conclusión sigue siendo fascinante: Por tierra los sillares llegaban arrastrados sobre una mezcla de troncos y gravilla. La cuestión de cruzar el río la resolvieron… desviando el río. El encaje de cada una de estas enormes piedras, como si fueran cortadas a cuchillo, compone probablemente uno de los más bellos puzzles arquitectónicos de la historia.
Un último apunte para este día tan completo. El salón de actos del pueblo se llenó para escuchar la conferencia del jefe de la expedición Miquel Serra. El motivo, era el eclipse de luna que tandrá lugar dentro de dos días y al que asistirán también, acompañando a la expedición, tres niños de Ollantaytambo que ganaron un concurso en su colegio. El proyecto de La Ruta de las Estrellas no sabe de fronteras.

ROBERTO GONZÁLEZ.

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