Diario de la Expedición
Imágenes
Crónica:
27 de agosto
de 2007
El eclipse
Chincheros. 3700 metros de altitud. Era el lugar elegido para observar el eclipse total de luna de la madrugada del 28 de agosto. La ubicación no se había elegido al azar, la altura y el fantástico escenario desde el que haríamos las observaciones creaban una combinación perfecta. Además el lugar era una especie de santuario astronómico para los pueblos incas. Chincheros ostentaba en su época un título que bien podría encabezar una campaña turística de las de ahora, para ellos era el lugar donde nacía el arco iris. El sitio es muy conocido ahora por el mercadillo que se monta los martes, jueves y domingos y que atrae tanto turistas como gente de las localidades cercanas. De nuevo nos encontramos con una mezcla de las dos culturas que se enfrentaron hace quinientos años, la inca y la española. De hecho en la plaza de armas se alza la iglesia de Montserrat, justo al lado del que fuera palacio de verano del inca Túpac Yupanqui, con sus inmensas terrazas que albergan tres huacas o adoratorios. Las huacas añaden a su carácter religioso, una función astronómica. Son una especie de sillas esculpidas en piedra, orientadas hacia distintas direcciones. El sedente podía determinar una fecha en el calendario relacionando las montañas del horizonte, ellos las llaman apus, con diferentes objetos astronómicos según la silla que eligiese. ¿Qué mejor lugar para contemplar un eclipse de luna?
La actividad comenzó a hacerse frenética desde primera hora de la tarde. El tren desde Aguas Calientes nos dejó en Ollantaytambo donde habíamos establecido una especie de campamento base. Los astrónomos que forman parte de la expedición afinaban sus cálculos, los astrofotógrafos preparaban trípodes y objetivos de distintas focales, se conectaban baterías eléctricas y los estudiantes preparaban toda su ropa de abrigo para resistir el frío del invierno austral a casi 4000 metros de altura.
Llegamos al lugar de observación con tiempo para desplegar un pequeño campamento y los alumnos recibieron una última charla de Federico Fernández Porredón, el profesor responsable del grupo, sobre el fenómeno que íbamos a contemplar pocas horas después.
Los científicos se enfrentan a una paradoja que para ellos puede resultar incluso frustrante. Por mucho que la astronomía haya explicado los eclipses hasta el punto de poder predecirlos con exactitud, aún mantienen un componente místico que los hace más atractivos aún a los ojos de los profanos. Pero queda un factor que ni siquiera las ecuaciones más complicadas pueden controlar: el azar.
A partir de las tres de la mañana comenzamos a observar el cielo con ansia. Se había mostrado claro y despejado hasta ese momento. Justo hasta ese momento.
Para nuestra desesperación el cielo se fue cubriendo de nubes hasta tapar por completo la luna. Comenzamos a hacer cálculos mentales, la fase de parcialidad comenzaría a las 3.51 de la mañana, quedaba casi una hora para que se despejase. Poco a poco se fueron abriendo claros, en uno de ellos vimos que la luna empezaba a oscurecer por uno de sus extremos. Otra nube, dos más justo detrás, más cálculos…, la luna se ocultaría completamente a las 4.52, ese sería el momento culminante, pero seguían llegando nubes. Los fotógrafos aprovechaban cada claro que se producía escrutando el cielo con la tensión dibujada en los rostros.
No había viento, el frío era cada vez más intenso y una ligera bruma comenzó a ascender desde el valle cercano. Sin embargo, de repente, el cielo se abrió, y ahí pudimos admirar con absoluta claridad como la luna poco a poco se cubría totalmente con la sombra de la tierra, adquiriendo un tono rojizo. De pronto nuestro satélite pareció transformarse en otro planeta.
Se desató la alegría. Aplausos y abrazos para celebrar que los elementos se habían aliado finalmente con la ciencia después de horas de incertidumbre.
La mística de los eclipses y el entorno tan sugerente en el que lo observamos supusieron un reclamo al que no pudieron escapar quienes prefieren dar un carácter mágico a los fenómenos naturales. Dos “Pampamisayoq” o curanderos andinos llegaron para realizar una ofrenda a la madre tierra y a las montañas. Al momento prepararon sus llamativas ofrendas y nos invitaron a participar en su colorista ritual. Nos pareció que lo más correcto era aceptar su invitación y mostrar respeto por sus costumbres. Al final, el día del científico eclipse terminó con una ceremonia mágica.
ROBERTO GONZÁLEZ.

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