Diario de la Expedición
Imágenes
Crónica:
29 de agosto
de 2007
El complejo español
Nos comentaba durante una cena el jefe de los guías que nos han acompañado durante la expedición que los españoles tenemos un cierto complejo de culpa cuando visitamos Perú y escuchamos detalles sobre la manera en que se llevó a cabo la conquista de estas tierras, y que, de alguna manera nos avergonzamos de los abusos que se cometieron con la población indígena hace cinco siglos. Añadía divertido, que los mismos abusos se podían contar de la expansión Inca y de cómo sometieron a los pueblos que acabaron formando parte de su imperio apenas dos siglos antes de la llegada de Pizarro. Sin embargo decía, de esto, nadie se avergonzaba.
Nuestro interlocutor acertaba en el análisis. Comentamos que estas cosas ocurren cuando se hacen reducciones simplistas de la historia en las que se termina contando cuentos de buenos y malos, una tentación en la que a veces caen los guías que muestran a los turistas los vestigios de la civilización Inca. El mayor peligro de esta actitud es que se tiende a desechar la parte de la historia que amenace la bucólica e idealizada versión que algunos quieran construir con un pasado diseñado a la medida de una película épica de héroes y villanos.
Recordábamos esta reflexión frente al laberinto de Quenco, muy cerca de Cuzco. Un adoratorio excavado en el interior de una enorme roca que tiene forma de útero humano. Dentro hay un altar de piedra sobre el que se realizaban embalsamamientos, trepanaciones y sacrificios. Algunos eran humanos. Cuando las señales de los dioses no eran propicias se recurría al sacrificio de muchachas vírgenes que aplacasen la sed de sangre de los dioses. Llama la atención la forma de cabeza de llama que tiene el perfil de una de las entradas al interior de la roca. Si se trata de un efecto buscado o no lo dejamos al juicio de los lectores de este diario de viaje.
Muy cerca de allí nos sentimos insignificantes frente a la magnitud de las enormes piedras sobre las que se asienta la fortaleza de Sacsayhuamán. Es difícil, una vez más, imaginar el esfuerzo necesario para trasladar durante 35 kilómetros piedras que podían llegar a pesar 200 toneladas, ¡y sin conocer la rueda! Los cronistas de la época describen a miles de hombres tirando de cuerdas reforzadas con cobre del grosor de una pierna humana. Incluso así parece increíble, que esa moles pudieran moverse sólo con el impulso de la fuerza humana.
Se puede decir que Cuzco se erigió en parte gracias a esta fortaleza que durante muchos años se utilizó como cantera para proveer de piedra a las construcciones que se levantaban en la ciudad. Puede que algunas estén en las casas que forman el barrio de San Cristóbal un precioso conjunto de calles en la parte alta de Cuzco. Aún es posible observar algunas de las puertas de la época Inca que siguen siendo la entrada de las viviendas actuales. De nuevo esa sensación de que el tiempo no corre en esta zona del mundo.
Quizá por tanto hablar de piedras tuvimos que soportar una repentina lluvia de piedras infinitamente mas pequeña. El mismo sombrero que nos cubría del sol en un día que amaneció totalmente despejado, sirvió para protegernos del granizo que comenzó a caer poco después. Por suerte ya no se sacrifica a nadie en estas latitudes para aplacar a los elementos, como mucho, se brinda con un típico “pisco sour”. La verdad es que el brindis no sirve para que deje de llover pero… ¿a quién le importa ahora?
ROBERTO GONZÁLEZ.

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