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Diario de la Expedición
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Crónica:

30 de agosto de 2007

De teoremas y cuys

Terminamos la crónica de ayer brindando con un “pisco sour”. Perú puede poner este típico cóctel de aguardiente, lima, clara de huevo, canela y dos gotas de angostura, entre sus monumentos nacionales. El resultado es exquisito si la combinación se hace correctamente. No dejen de probar el que hacen en la Plaza Mayor de Ollantaytambo, hasta ahora, el mejor que hemos saboreado.
Otra de las bebidas nacionales es la chicha, un jugo de maíz fermentado que tiene muy poca graduación alcohólica y que no hay que confundir con la chicha morada, que es un jugo sin alcohol.
Lo más probable es que la docena de policías que se concentraba esta mañana alrededor de la fuente de la Plaza de Armas de Cuzco tratase de averiguar cuál de sus dos bebidas patrias había provocado que algunos miembros de la expedición estuviesen metidos en la fuente con los pantalones vueltos hasta la rodilla. Sin embargo, el alcohol no tenía nada que ver con esto. Se trataba de una práctica de medición que el profesor de astronomía Federico F. Porredón propuso a los alumnos. Debían determinar la altura de una de las torres de la catedral de Cuzco aplicando el teorema de Tales sobre la semejanza de triángulos. No se asuste el lector que no nos extenderemos en detalles técnicos, sólo aclararemos que el teorema permite hacer una equivalencia entre la medida de la sombra de la torre y otra medida base que eligieron aleatoriamente y que fue el dorso de la mano de nuestro astrofotógrafo Juan Carlos Casado. Gracias a eso ya sabemos cuántas “manos de Casado” mide la torre del templo. Luego se traslada a otro parámetro más ortodoxo, por ejemplo metros, y ya está. Mide 40 metros aproximadamente. Claro que los policías no tenían por qué saber del teorema del señor Tales, ni de las prácticas de los estudiantes, ni del proyecto de la Ruta de las estrellas, así que hubo que pedir varios permisos y autorizaciones para evitar que nos acusen de escándalo público o de atentar contra el patrimonio de la ciudad. Una vez aclarados los motivos los policías disfrutaron junto al resto de turistas y cuzqueños que llenaban la plaza del extraño baño de ese grupo de osados.
Nada mejor para secarse las pantorrillas que un buen paseo por el barrio de San Blas, uno de los más conocidos de Cuzco. Quienes quieran encontrar una pintura o una muestra de cerámica original, aparte de la que inunda los mercadillos para turistas, encontrarán ideal este conjunto de calles que reúne a artistas y orfebres. Explorando sus recovecos encontramos la travesía Siete diablitos, donde los enamorados se escondían en tiempos de miradas chismosas, o una pronunciada cuesta denominada “Miracalcetas” porque el desnivel permitía observar la ropa interior de las mujeres que subían por ella. Uno de los iconos más buscados por los visitantes es la piedra de los doce ángulos, un sillar de la época de los Incas que ahora sirve de base al palacio arzobispal. La enorme roca tiene en efecto doce esquinas que encajan como un puzzle en medio de la pared. Dicen por aquí que ha resistido todos los terremotos de la ciudad pero que no saben si resistirá al constante manoseo de los turistas. Por desgracia nos lo dijeron después de que nosotros palpáramos detenidamente cada uno de sus lados.
Esta noche nos despedimos de Cuzco con una cena de esas, en las que el menú sirve de recordatorio. Carne de alpaca y cuy al horno. La carne de alpaca es deliciosa siempre y cuando no se mire a uno de esos encantadores animalitos justo después de haberla comido. La culpa es un sentimiento indigesto. Otra cosa es el cuy, dado que lo sirven prácticamente entero, así que es imposible ocultar que esta criatura de tostada sonrisa, es una especie de cobaya, o un hámster muy grande. Tiene un sabor y una textura muy parecida a la del cochinillo asado, con la diferencia de que comiendo lechón nadie piensa en su mascota de la infancia. Dejamos Cuzco con la firma promesa de volver algún día.

ROBERTO GONZÁLEZ.

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